Yo no leo libros, yo los bebo y los vivo. No hay sensación más hermosa que el poder sentir cómo vibran en mis manos, llenos de historias y cuentos. Hay en cada hoja una evidencia jeroglífica de personas maravillosas, de espíritus aventureros, de amores entrañables, de memorias que no se quieren olvidar.
No sólo leo libros, yo dejo en cada uno de ellos mis preguntas y mis rayones fosforescentes con notas al autor, como si pudiera hablarle.
Cada libro es un camino que no quiero que se acabe. Encuentro en ellos una pequeña parte de mi vida, ese gancho que me obliga a seguirlo hasta el final, en donde me estremezco con el personaje y me arrepiento como se arrepiente el escritor al final, cuando trata de justificarme de mil maneras por qué escribió lo que escribió.

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